Así era una mañana en la oficina en 1993

Una oficina en los años noventa

1993 fue el año en que nació el formato PDF. En el verano de aquel año, Adobe Systems lanzó la primera versión de Acrobat 1.0, un programa lector de documentos, que vino acompañado de la compatibilidad con PDF 1.0, un sistema de archivos para ficheros digitales, que buscaba poner fin al caos de documentos en papel que existía en la década de los noventa, en las oficinas de todo el mundo.

1993 fue un año que, desde el punto de vista tecnológico, se encontraba en un punto que, a día de hoy, resultaría impensable en el día a día de cualquier persona. Era común que, en una misma oficina, los ordenadores de los empleados no se pudieran comunicar entre ellos, debido a que sus sistemas operativos (o programas de ofimática) no eran compatibles.

Slack, Gmail, Hangouts o, incluso, WhatsApp eran palabras que, por aquella época, nadie tenía siquiera en su imaginación. Enviar un documento escaneado a un compañero que se encontrara a varias mesas de distancia, no era tan sencillo como adjuntar un fichero en un correo electrónico y pulsar el botón de «Enviar» (nada de hablar sobre conversiones de Word a PDF, por supuesto), sino que había que entregarle una copia en persona, si se quería garantizar que el formato no sufriera cambios durante el camino.

Esta era la situación dentro de las oficinas, pero fuera, el caos resultaba todavía mayor. Por supuesto que, en la década de los noventa, una persona podía enviar un archivo de texto a cualquier parte del planeta, pero debía hacerlo en ASCII, un código de caracteres muy poco avanzado, cuyo origen se remontaba a los años sesenta. Si se quería enviar un documento mínimamente desarrollado (con una imagen, por ejemplo), había que recurrir al correo postal.

Persona trabajando en una oficina de los años noventaEn este artículo, hacemos un repaso de lo que era un día de oficina estándar en el año 1993. Para construirlo, nos hemos apoyado en este completo reportaje gráfico que elaboró Adobe para el lanzamiento del formato PDF. Son las 09:00h, y comienza un nuevo día en la oficina del año 93′.

09:00h: 11 mil millones de dólares en envíos postales nocturnos

Sobres para cartasEn los años noventa, los americanos gastaban 11 mil millones de dólares al año, según datos de la propia Adobe, en lo que por aquel entonces se conocía como «overnight mail«: no era otra cosa que un envío urgente, que garantizaba la entrega de un paquete a la mañana siguiente de su envío. Pero, en lugar de enviar paquetes, lo que más se demandaba era el envío de documentos.

Si se disponía de unos mínimos conocimientos de informática, una persona podía llegar a enviar un mensaje de texto plano (sin ningún tipo de florituras para aquella época como, por ejemplo, las negritas) a otro ordenador de forma remota. No era ni tan fácil, ni tan visualmente amigable, como lo es hoy en día, pero era posible.

Al fin y al cabo, no hay que perder de contexto el hecho de que, en 1993, ya se había comenzado a extender el uso de conexiones de internet en el mundo profesional: a comienzos de esa década, nació The World, el primer proveedor de internet a través del teléfono. El problema era que las comunicaciones se limitaban a las posibilidades de la primera versión de ASCII, que por aquel entonces no iba más allá de letras, números y unos pocos signos.

Por lo tanto, era muy probable que una jornada estándar en tu oficina de los años noventa comenzara con la recepción de algún documento desde cualquier parte del país. El equivalente moderno a la recepción del documento sería, algo así, como el doble check azul de WhatsApp en la actualidad.

09:30h: ¿Guardar en la nube? ¡Eso qué es!

Google Drive no se lanzó hasta el año 2012 y, aunque años antes ya existían alternativas de almacenamiento en la nube (Microsoft OneDrive, lanzado en 2007), lo que está claro es que en el año 1993 no había ni una sola opción para almacenar documentos en la nube, a golpe de clic.

Guardar los ficheros en los ordenadores de la empresa tampoco era una opción: el megabyte salía muy caro en la década de los años noventa, hasta el punto de que, un ordenador con Windows 3 y 4 MB de memoria, costaba la escalofriante cifra de 5.900 dólares. Por mucho que se comprimiera el texto, pocos documentos podían caber ahí.

Armarios con estantes repletos de documentos

Por ello, en las oficinas de esta época, no había salas con servidores, sino salas repletas de armarios con documentos en formato físico. No solamente eso, sino que en las oficinas más grandes había una persona cuya única función era entrar en estas salas y buscar, entre las montañas de papeles, el documento que alguien había solicitado para alguna tarea.

Si ese día llegabas a la oficina habiéndote olvidado del documento, que la tarde anterior te llevaste a casa para estudiarlo a fondo, más vale que tuvieras la suerte de que existiera alguna copia en esta mágica sala de documentación. Si no era así, quizás te tocaría volver a casa a por el papel.

12:00h: El temido fax

Si un empleado de una empresa quería enviar —por ejemplo— una copia digital de una revista de papel a otro empleado de otra empresa, ubicada en la otra punta del planeta, no le quedaba más remedio que recurrir al temido fax. El fax, no lo olvidemos, suponía otro gasto adicional de papel —tan solo en Estados Unidos, en los años noventa, se consumía papel a razón de dos toneladas por segundo—.

Telefax

Pero ni siquiera el fax permitía enviar documentos con la calidad deseada, especialmente cuando se trataba de una combinación entre texto e imágenes. O llegaba bien el texto, o llegaba bien la imagen, pero rara vez ocurrían ambas cosas al mismo tiempo. Por supuesto, no había forma de saber qué aspecto tendría el documento que recibiría la otra persona.

Dado que en esta época conceptos como la conversión de JPG a PDF estaban todavía a varias décadas de hacerse realidad, era habitual ver escenas en las que un oficinista escaneaba por duplicado una página de una revista, recortaba las imágenes de una copia en la que se vieran bien y las pegaba en otra copia en la que lo que se veía bien era el texto; después, introducía el folio en el fax para su envío y en total, con todo el proceso, había perdido 15 minutos para hacer llegar una simple copia.

Hasta que el PDF lo cambió todo

Si quieres conocer la manera en que la llegada del formato PDF cambió para siempre el trabajo en la oficina, echa un vistazo a nuestro reportaje sobre la historia del PDF.

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